MUERTES DULCES 

Enrique García Fuentes

Sedah es el nombre de una calle de Nueva York. Unos momentos antes de morir el poeta Robert Lowell vislumbra el letrero en medio de su agonía. Así que no me agradezca el lector la información porque él sólo lo encontraría al traspasar dentro de esta serie de relatos. Tampoco se me enfade con lo de la muerte del poeta, porque enseguida deducirá que éste de las muertes es el contenido fundamental del libro. Lo que a mí me pasa es que me da mucha pena hablar de la muerte de alguien, y sobre todo, me espanta la falta de quienes nos hicieron soñar, como los actores y los escritores. Me da más pena aún la muerte de estos, vaya. Y este libro recrea muertes en relación directa con la literatura y da una tristeza infinita aventurarse por sus páginas como quien recorre un cementerio de seres queridos. Machado (unas horas antes de morir también su madre), Zenobia Camprubí (que deja a Juan Ramón completamente muerto en vida), Melibea (cuya muerte causará probablemente la de sus ancianos y desprevenidos padres), el citado Lowell (que con su muerte mata una historia de amor en probable reconstrucción), Carlos Lencero (que resucita en la voz de Pilar Galán que inventa el autor para resucitarle) o el mismo autor que, con su muerte inflamada de vida e ironía de tristeza amable destilan estas escasas sesenta páginas que ocupan luego mucho, cuando las hemos hecho nuestras.

Para reseñar su anterior colección de relatos bromeé con la idea de que uno de los más inquietos y atentos editores del panorama literario saltaba la barrera y se ponía del lado de los creadores (como si su labor editorial no tuviera también un altísimo porcentaje creativo); ahora ya no me vale esa imagen, porque Marino González Montero (Almaraz, 1963) ha crecido. Y mucho. Como quien no quiere la cosa lleva levantando un curioso artefacto literario cuyas piezas encajan con sorprendente facilidad. La evidente unidad que presentan estos relatos guarda en su ADN los restos de sus anteriores Tangos y los aciertos ahora plenamente verificados de su afortunada aparición con la anterior entrega En dos tiempos.

Esta que nos compete es una obra mayor; la focalización narrativa se ha enriquecido y en la mayor parte de los casos, dos y hasta tres voces se encargan de nivelar la aportación del relato.

Que esta entrega es un paso adelante en un edificio narrativo lo demuestra su inicio con el relato menos logrado de todos, lo que demuestra que el autor no quiere ocultarnos su evolución y que asume el riesgo de que el lector sea lo suficientemente atrevido como para continuar con lo propuesto.

Pero es que Marino está convencido de lo que escribe; lee y sabe mucho como para alquitarar lo suficiente de lo que asume y reconstruirlo con una confianza y una maestría que aumenta a medida que nos internamos en este manual de cómo disfrutar de la literatura, aunque sea desde el punto de vista más triste y desasosegante. Todo es absolutamente creíble en estas muertes reales y literarias. La suprema pirueta del autor es lograr literariamente la rehumanización de lo que podría pecar de excesivamente literario. Nunca Machado, Melibea, Zenobia o Carlos Lencero nos han parecido tan humanos, tan poco literarios, como en el momento de su muerte. Tuvieron que ser así; es imposible que carecieran de la belleza inmensa que Marino les otorga; de la altísima dignidad, también, que alcanzan en ese momento supremo. No cuesta nada imaginarse el tremendo desgarrón de Melibea, que quizá Rojas no se atrevió a reflejar; es imposible –hasta eso transmite- que no sintamos paradójicamente más pena por el desahuciado Juan Ramón que por la propia Zenobia, que es la que se va, y que evidentemente, por encima de la preocupación por su familia y su patria (quizá sea lo mismo) desgarradas, Machado no dedique sus últimos instantes al que fue el último amor de su vida. Tanta humanidad duele. Tanta buena literatura nos alivia.

Sedah Street. LF ediciones. Béjar, 2007


(atrás)