Es difícil contar un cuento. Muy difícil. Y no se puede separar la publicación de este volumen de cuentos de la finalidad con que fueron escritos. Esto es, se les sugirió a todos los autores -¡Cuánto os lo agradezco!- que los textos deberían tener una cierta “estructura teatral”, pues iban a ser contados en público. Por tanto, la tarea revestía una doble dificultad, puesto que al cuento, además de alcanzar la calidad literaria, se le exigía superar la prueba de su puesta en escena. De hecho, la mayoría de los cuentos que conocemos han llegado hasta nosotros porque han sido sometidos -durante generaciones- a esta última “prueba”. Aunque todos sabemos que algunos de ellos han cumplido la primera premisa -la literaria- con desigual fortuna.
Y ahora cabría preguntarse con qué objeto fueron escritos -los que se escribieran- ; si pretendían enseñarnos, adoctrinarnos, asustarnos, engañarnos, ilusionarnos, alegrarnos el espíritu, despertarnos la fantasía o, simplemente, entretenernos.
Aquí en “La Luna” no queremos pecar de inmodestia y nos conformamos con conseguir esto último. Así que, ahí van un puñado de Cuentos para ser contados. Ya son vuestros. Haced de ellos lo que gustéis.
| DULCE CHACÓN La noche de bodas |
PILAR GALÁN Variaciones sobre un único cuento |
ELÍAS MORO CUÉLLAR ¡Menudo marrón! |
| LUIS FELIPE COMENDADOR Quincas Borba (FILÓSOFO DE CALLE) |
PILAR GALÁN Malditas Prisas |
JUSTO VILA La puerta del Paraíso |
| JUAN COPETE Empápame de tu desprecio |
CARLOS LENCERO El Rey Olaf La verdad es como una trilladora. Los espíritus débiles deben apartarse de ella. H. Melville, en El Timador. |
DULCE CHACÓN
La noche de bodas
La noche se presenta interesante, señores y señoras. Comenzamos la transmisión en directo del evento más esperado de la temporada. Escuchen, escuchen la música que tiñe de fiesta el aire y acompaña la entrada triunfal de la pareja. El vestido blanco de ella, toda engalanada de tules, contrasta con la sobriedad en negro de él. La emoción no se hace esperar. Él la mira a los ojos y ella le devuelve una sonrisa. Él le ofrece su brazo. Ella pasa su izquierda por debajo y se entrelazan ambos en un hábil movimiento. Avanzan lentamente. Él la sigue mirando. Ella sigue adornada de sonrisa. En perfecta coordinación, él toma su izquierda con la derecha y presiona suavemente. Pero atención, ella se zafa en un delicado quiebro. Le han pisado el extremo del velo y la obligan levemente hacia atrás en un movimiento defensivo que inclina su cabeza, el dominio de la situación está en sus manos, resuelve con acierto al detenerse sin dejar de sonreír y señala el pie de su oponente. Éste sonríe a su vez y los dos recuperan la posición anterior sin mucha dificultad. Superado el peligro, él la toma en sus brazos y apresura el paso, abandona en su boca la sonrisa y se dirige directo hacia el tálamo nupcial. No quiere perder tiempo, señores y señoras, no quiere perder tiempo, el momento crítico se acerca. El rubor en las mejillas de ella señala la defensa de un color: el blanco. Ha de ser virgen, señores y señoras, ha de ser virgen, VIRGEEEEEEEN. Ella se ruboriza aún más cuando él la deposita sobre la cama y descubre su estrategia al sentir su derecha entre las piernas. Se levanta, dice No. No. Y se bate en retirada. La tensión va en aumento. Ella se mueve en zig zag. Él la persigue, se coloca en su retaguardia y culmina su ofensiva abrazándole los hombros. Calma, esto no es nada -le lanza-, no te dolerá. No te dolerá -repite-. El pánico hace sombra en los ojos de ella. Las palabras de él penetran en su flanco más vulnerable.
Él debería haberla besado. Detenerse en su nuca con un beso y bajar por su espalda con los labios. Ternura con ternura. Él debería haberle regalado palabras de amor. Él debería...
Sí, él debería haberle regalado palabras de amor. Pero le dice Anda, desnúdate, ¿o prefieres que te desnude yo? Recomienza, y remata su ataque con la diestra sobre un seno de ella, liberándolo de tules con la izquierda. Ella sortea la caricia delantera y rechaza de nuevo a su contrario. No, no, prefiero desnudarme yo.
Y deja caer sus velos, sin prisa. Los tules resbalan al tiempo de una lágrima. Deshace su peinado. Una a una las flores, deshace su tocado.
Se libera del collar que había sido de su madre. Se libera de un pendiente. Un quite perfecto y deposita la perla en la red de un cestito dorado; en una posterior acometida, hace lo propio con el par.
Sus dedos solitarios bajan la cremallera de su espalda y dejan la carne libre de vestido.
Pero, atención, él se ha desnudado ya, señores y señoras, en un descuido de ella. Brillante maniobra; brillante su centro apunta hacia su centro. Ella da un paso atrás, y busca su defensa en el borde del tálamo sin dejar de mirar la amenaza recién descubierta. ¿Prenderá el fuego de él en el sofoco de ella? El pudor hace una entrada majestuosa. El pudor, señores y señoras, el pudor, el pudor, el PUDOOOOR.
Sentada en la cama, retira sus ojos del asombro. Se descalza. Vacía sus zapatos de sus pies, como quien abandona un barco. Desnuda ya, toda desnuda, teme alzar los párpados. Y...
Teme, pero los alza.
Y queda náufraga.
Y ella le mira a los ojos indefensa. Y él aprovecha, y se dirige frontalmente a su abandono. Va a penetrar, señores y señoras. Va a penetrar. Va a... Penetra, señoras y señores. Penetra. En este mismo instante. Penetra. Penetra.
Ella debía ser virgen.
Sí. Ella debía... Y él continúa su acometida. Y ella grita. Y él ahoga su grito con su diestra. Y era VIRGEN. ERA VIRGEN. ERA VIRGEEEEEEEENNN.
Uno a cero. Quizá, la próxima vez. Quizá. Y, quizá, él la cubra de besos...
(subir)
LUIS FELIPE COMENDADOR
Quincas Borba
(FILÓSOFO DE CALLE)
OCHO ATMÓSFERAS CON LIMINAR Y EPÍLOGO
Liminar
Paseando por Sao Paulo me tropecé con Quincas Borba vestido de San Agustín. Estaba subido a una caja de refrescos americanos y gritaba como un poseso: “Seguidme, sed mis discípulos y, poco a poco, comprenderéis mi filosofía. Cuando la hayáis comprendido a fondo seréis los seres más felices del mundo, porque no hay vino que embriague tanto como la verdad...”
Me estuve escuchándole alrededor de cuarenta y cinco minutos. Estaba yo solo. Bueno, él estaba también.
Cuando se cansó de gritar me invitó a sentarme con él en una terraza cercana si yo pagaba las consumiciones. Acepté. Quincas Borba me contó que tenía un perro que se llamaba Quincas Borba, que había escrito un libro que se titulaba Quincas Borba, que había pintado más de mil cuadros que llevaban por título Quincas Borba... “...a todos mis seguidores les hago cambiarse el nombre y los rebautizo con el de Quincas Borba, porque esa es mi inmortalidad y la de los que creen en mí”. Durante la charla se bebió cinco vasos enormes de ginebra. “...la guerra es un bien porque si extermina al vencido, asegura la existencia del vencedor; la peste es un bien, porque impulsa a los hombres a descubrir la medicina que habrá de curarla. La muerte y el exterminio no existen: desaparece el fenómeno, pero la sustancia permanece. Cuando el agua hierve, las burbujas se hacen y se deshacen continuamente, y todo se queda en la misma agua...”.
Hoy he comprado un canario naranja en una tienda de animales y lo he llamado Quincas Borba.
I
Constantin Brancusi esculpió un Borges sin ojos, sin boca, sin nariz, sin manos, sin su constante bastón,... pero con gafas. Y descubrió la escultura moderna a partir de ese principio reductor que ha dominado el siglo XX.
Un día de 1957 se hizo la mejor escultura de sí mismo. Desapareció.
II
Georges Braque se dio de hostias con Picasso durante una cena en un restaurante de Nantes. Picasso defendía la perspectiva isométrica sobre cualquier otra valoración espacial y Braque se cagó en todos sus muertos. Acabaron refundando el cubismo que tres días antes había decidido fundar Picasso.
III
Durante el otoño de 1966, André Breton sufrió una diarrea temerosa con la que dibujó un poema escultórico dedicado al Papa. El Vaticano hizo una protesta pública a la vez que compró el cuadro, que hoy se exhibe en un lugar destacado de la Capilla Sixtina.
A André Breton lo incineraron, y con sus cenizas alimentaron a miles de mejillones de las Rías Altas gallegas que clonaron en una subespecie de alta toxicidad para creyentes, políticos de salón y gilipollas.
Hoy, un equipo de biólogos, dirigido por el profesor Barbacid, ha descubierto que cuando un ser vivo se muere con mucha mala hostia, su espíritu es capaz de materializarse en otros seres mediante sustancias de alta toxicidad.
IV
Robert Capa se compró en Andorra una Werlissa Color de objetivo fijo, y con esa cámara de saldo hizo un reportaje magnífico sobre la Guerra del Golfo Pérsico. Cuando mandó sus fotos por agencia a toda la prensa mundial, nadie se las publicó porque pensaron que Robert Capa estaba muerto y que aquello era una gracia negra de un bromista.
Robert Capa se dedica ahora al duro y difícil oficio de sexador de pollos. Y lo hace bien.
V
En el Metro de New York se puede ver a diario a un tipo que mira de forma descarada a todos y cada uno de los pasajeros que lo utilizan como usuarios. Se llama Furedi y quiere pintar el espíritu de Norteamérica reflejado en la mirada de los viajeros del Metro neoyorquino. Sólo se aparta de su observación cuando llega Faulkner. Charla con él muy animado hasta que éste corta la conversación para tomar el vehículo que le acerque más a su destino. Furedi suele quedarse triste unos minutos. Luego continúa observando y tomando apuntes rápidos en su cuaderno de campo.
En el Museo de Arte Moderno de New York reposa un cuadro suyo en el que una mujer de color lee una revista de variedades sentada en un asiento de madera de un antiguo vagón de Metro. Hay mucha soledad en ese cuadro.
VI
Anna Akhmatova escribía un largo poema sentada sobre todos sus cadáveres, que semejaban cómodos cojines. Entre los despojos podían adivinarse gestos de Gumilev y hedores de Osid Mandelshtam.
Cuando comenzó con el tercer endecasílabo de un soneto entre religioso y social, percibió en su nuca que alguien la estaba mirando. Se giró y sonrió nítidamente. Era Pasternak, que la observaba con envidia. Charlaron un momento mientras Anna tapaba sus versos con la mano.
Era un día de 1966. Al atardecer, Anna Akhmatova se sumó a la montaña de sus muertos. Pasternak tuvo que arrancarle el soneto incompleto rompiéndole dos dedos de la mano derecha. No llovió ese día.
VII
Soledad había quedado con don Miguel de Unamuno en el café Novelty, pero don Miguel no apareció, y Soledad se tomó un café solo tranquilamente sentada en uno de los rincones de aquella cafetería salmantina.
Cuando entré en escena, Soledad llevaba ya aproximadamente una hora de espera. La confundí con una vieja amiga y me dirigí hacia ella con la alegría del reencuentro. Soledad aceptó el equívoco y me invitó a sentarme a su mesa. Me senté, depositando sobre la mesa de mármol los libros que llevaba en la mano. Soledad, con un gesto, me solicitó hojearlos. Yo acepté con un “Sí, sí, mírelos, son suyos”. Uno de aquellos libros era Soledad de Miguel de Unamuno. La mujer lo abrió con una leve sonrisa y se diluyó en sus páginas.
Yo, asombrado, tomé el libro y lo abrí, buscándola entre aquellos párrafos atormentados. Sólo encontré unas palabras enigmáticas que se me han quedado grabadas a fuego en la mente: “...hay que hacer hueco para lo venidero... hay que cavar... porque el recuerdo es muerte. Sobre todo si es recuerdo de muerte...”.
Me jodió tener que pagar los dos cafés, el mío y el de Soledad.
VIII
“¿Habéis visto lucir el sol y llover al mismo tiempo? Ese es el espectáculo magnífico de una Cordelia que llora y sonríe a la vez -Dijo William Shakespeare a sus compañeros de mesa en La Taberna del O'Hara, mientras bebía pequeños traguitos de güisqui escocés-; es algo así como Antígona oponiéndose al trágico y mudable mundo masculino,... con su eterna capacidad de sacrificio y su moral inmutable .... ¡Ay, Cordelia, Cordelia!”.
En mi viaje azaroso en aquella enorme nave trágica llamada Titanic encontré una camarera blanca, leve y bellísima que respondía perfectamente a la descripción de Cordelia. Intenté entablar una conversación con ella, pero fue imposible, no se lo permitía un punto contractual de su contrato con la Warner. “Lo siento, amigo, me debo al rodaje. Ya tendremos tiempo de hablar en otra ocasión. Lo siento de verdad”.
Ayer hablé con ella en los Multicines Alphaville, mientras veíamos una reposición de Delicias Turcas. Sigo creyendo que es la reencarnación de Cordelia,
Afuera hace un sol de justicia y llueve mansamente.
Epílogo
Quincas Borba me dejó para volver a filosofar desde su cajón de refrescos americanos, vestido de san Agustín.
Con el tiempo descubrí que Max Weber era Quincas Borba, que Kurt Weill era Quincas Borba, que H. G. Wells era Quincas Borba, que Kim Philby era Quincas Borba, que Jean Piaget era Quincas Borba, que Paavo Nurmi era Quincas Borba, que Federica Montseny era Quincas Borba, que Malcolm X era Quincas Borba, que Malinowski era Quincas Borba, que Robert Mapplethorpe era Quincas Borba, que Antonio Garrido era Quincas Borba, que Gustav Mahler era Quincas Borba, que René Magritte era Quincas Borba, que Hans Küng era Quincas Borba, que Ramón Gómez de la Serna era Quincas Borba,...
Paseé tranquilamente por Sao Paulo, compré unos libros de poesía nueva brasileña y recalé en la zona vieja, donde me mezclé con una multitud variopinta en la que me diluí siendo gris donde el gris dominaba, siendo siena donde todo era siena, siendo negro donde el negro reinaba.
(subir)
JUAN COPETE
Empápame de tu desprecio
PAOLO: (Amodorrado en su letargo). ¡Huele a gas!
JULIETA: (Al pie de su cama). Imaginaciones tuyas. No son más que mis dichosas ventosidades.
PAOLO: (Olfateando en su desconfianza). ¡Es gas!
JULIETA: (Dura). Son aires de gozo. Como cada vez que me haces el amor.
PAOLO: ¿Pedos?
JULIETA: (Patética). ¡De amor!
PAOLO: O sea, pedos...
JULIETA: Sólo tú me los provocas.
PAOLO: (Angustiado). ¡No quiero ese tipo de medallas!
JULIETA: ¡Tú mereces un Toisón!
PAOLO: (Asustado). ¿Qué me está pasando?
JULIETA: (Melodramática). Estaría toda la vida con esta bruma, que me sale del alma.
PAOLO: ¡Del culo, diría yo!
JULIETA: Del culo, del alma... de las narices y de cada poro ... Todos han sido testigos de mi dicha contigo.
PAOLO: (Lívido). Abre esa ventana o vomitaré.
JULIETA: (Arrebatada). Yo engulliré hasta los últimos restos que la arcada te provoque.
PAOLO: (Sacudido por arcadas, va cayendo en el abismo de un sueño asfixiante). ¡Amén!... mierda...
Julieta mira arrobada al hombre yacente. Su sonrisa guarda el secreto, a partes iguales, del amor y del rencor. Palpa su frente rociada de fiebre. Observa con malicia el torso de Paolo.
JULIETA: Te hubiera costado tan poco disimular... pero llevas tanto tiempo vendiendo tu propia mierda que elegiste el camino más corto: empaparme, sin piedad, de tu desprecio... De qué manera tan cruel me mostraste todo lo que yo no soy... (Rencorosa) ...¡Y no es poco...coño! (Julieta vela su dormitar). Duermes como un niño hermoso, pero sin la inocencia de los niños hermosos...
(Arrodillada, le acuna. Canta)
Duérmete, niño,
Duérmete, ya,
Que llega una loba caliente
Y la colita te comerá.
(Con mirada de madre asesina). ¡Qué bien me duermes cabrón! (Canturreando la nana por el salón. Dos copazos resbalan por su garganta). ¡Yo velaré tu infierno!... ¡Tranquilo, que he estado tanto en él, que yo seré quien te conduzca por sus sendas más ocultas!... ¡Pobre Paolo!... ¡Qué desvalido e indefenso! (Con su mano en la bragueta). ¿Qué fueron de los famosos centímetros que medían tu vida?... (Cruel)... Está cohibida. (Pausa). O muerta, que no tiene pulso. (Ríe como loca)... ¿Te acuerdas de nuestro primer encuentro?... ¿No? Yo te lo cuento. Por cierto, mi nombre siempre ha sido Julieta. No entiendo la manía que te ha dado por llamarme Encarna... (Arrodillada ante Paolo)... Tú me hiciste mujer. Antes, sólo fui fantasma. Y con todas las credenciales: ningún espejo me devolvió, nunca, mi imagen. Sea como fuere, lo cierto es que siempre me sentí ignorada: de niña fea,... de mujer, más todavía. E incluso peor, que los kilos se me agarraban como las garrapatas al perro... Amigas, dos, y eso porque mi madre las sobornaba para que jugaran conmigo. ¿Novios?, ninguno, y roces contados, con un primo mío que se tiraba todo lo que se le ponía por delante... (Irónica ante los ronquidos agónicos de Paolo)... ¿Te ríes? Siempre me gustó hacerte gracia. Madre tuve mucha. Demasiada: tirana y protectora. Amén de macabra y egoísta... ¡eso sí, con unas manos para ponerme lazos...! Y así crecí y crecí. Engordé y engordé... (Reflexionando). Todavía no entiendo cómo he podido pasar por la vida tan diáfana. ¡Estaría de Dios, que yo siempre vaya oculta!... Veinte años llevo viendo la vida desde el ventanuco por donde vendo entradas para el teatro... (Triste)... Siempre resguardada de la vista de todos...
PAOLO: ¡Estoy mareado!
JULIETA: ¡Sólo es el vértigo de una tarde de pasión!
PAOLO: Todo me da vueltas
JULIETA: (Gozosa)... ¡Es la noria de nuestro amor, que gira y gira...!
PAOLO: (Incorporándose)... ¡Vete a la mierda, Encarna!
JULIETA: Me iré y me la comeré si tú me lo pides... Pero me llamo Julieta.
PAOLO: Eres una puta loca.
JULIETA: ¡Por ti! Siempre por ti ... (Le acerca la copa a los labios). Y ahora bebe.
PAOLO: ¿Qué me estás dando?
JULIETA: Mi alma ...
PAOLO: (Mareado) ...Pues sabe a ron. ¿Qué le has puesto?
JULIETA: Cariño. ¡Mucho amor!
PAOLO: Sigue oliendo a gas.
JULIETA: Son mis pedos enamorados.
PAOLO: (Al borde de la inconsciencia)... Gua...rra...
JULIETA: (Picarona). No hables así, que acabamos como acabamos... (Desprecio)... ¡Estas lívido, Paolo... casi como muerto! (Del bolso saca un abanico). ...¡Toma brisa, Paolo!... Y así seguí, tan a gusto, sepultada día a día: del ventanuco del teatro, al oscuro apartamento. (Sentada, abriendo patas para recordar). Y encontré mi hobby : matarme a pajas en noches y siestas. Y no creas que fue fácil, que ni el mecanismo ni la técnica tienen nada que ver con lo vuestro. (Frívola). Pero quien estudia, aprueba, y yo, en mi cerrazón, nunca le di tregua al clítoris. Cuestión de soledad y supervivencia, supongo... (Despatarrada en el suelo). Aún así, nunca fue lo que yo presentía: un cuerpo como el tuyo, asfixiándome de placer de la cabeza a la ingle. Esa cabalgata nunca se fue de mi cabeza. (Escucha la respiración moribunda de Paolo). ¡Exagerado! ¡Bebe!... (Pausa). Y en esto que mi madre llevaba razón: Dios aprieta, pero no ahoga. El milagro se produjo en forma de revista, que un ángel malo dejó olvidado en el patio de butacas. Había de todo. Y estabas tú ... (Retozándose en el cuerpo). Sementales rubios, mulatos barbiblancos, golfas de cuero que mercadeaban con fusta y centímetros... ¿Oyes, Paolo?...Todo eso a mi alcance con sólo un golpe de Visa... Ni más, ni menos. (Extasiada). Ni dormí esa noche, ni pegué ojo en las siguientes. De la ducha a la cama. De la cama, vuelta a la ducha. En mi duermevela aparecían bomberos intentando extinguir un fuego, que era eterno... y llamé.
PAOLO: (Resucitado). Llama a una ambulancia.
JULIETA: No soporto el canto de las sirenas. (Loca). Podrías sucumbir ante él.
PAOLO: Me encuentro mal.
JULIETA: ¡Nadie te curará como yo!
PAOLO: ¿Qué me está ocurriendo?
JULIETA: (Desquiciada). Sólo es el tributo que hay que pagar a los sentimientos.
PAOLO: (Revolcándose de dolor)... Esa maldita tortilla.
JULIETA: Los huevos estaban frescos. (Pausa).
PAOLO: Pero tu rencor es ácido. (Febril)... Sudo como un caballo.
JULIETA: Porque follas como un caballo.
PAOLO: Ten piedad
JULIETA: Esa es la que me guía... (Seca el sudor con un pañuelo).
PAOLO: (Ahogándose) ...¡Puta loca!... (Desvaneciéndose)... ¿Por qué huele tanto a gas?
JULIETA: Porque sólo con mirarte me vuelven los pedos... Paolo. (Pausa. Julieta, al levantarse, bien podría cantar un bolero. Acompañada siempre de un buen vaso de ron). Así que concerté la cita... (Frívola). Créeme Paolo, que nunca me dejé llevar por los centímetros. (Patética). Sólo por el ansia de tener mi cuerpo abrigado por otra piel. (Le tira del pelo). Y ahí entras tú. (Divertida ante los recuerdos). Ni siquiera observaste en qué estado me encontraba: asustada, emocionada, avergonzada. Bragas a estrenar de lencería; moldeado de peluquería fina y un champán en la nevera para refrescar el susto. (La mano de Julieta se estrella de rabia contra la mejilla dormida de Paolo). ¡Mala próstata te pusiera los huevos como melones, si tuvieras tiempo! (Con desprecio). El puto no bebía para mantener su cuerpo en forma; las bragas ni mirarlas y este pelo canoso no resistió ni un combate. (Vuelta a la esquizofrenia enamorada). Pero apareciste tú. Y eso fue lo hermoso. Tampoco estuvo mal no probar bocado los días anteriores a nuestra primera cita. (Socarrona)... Una estupidez, ahora vista, porque para lo que se me notó... (Pausa. Salta como loca imitando ejercicios de Aeróbic. A la vez que salta va desgrando la fúnebre letanía).
“Muere joven y tendrás un cadáver hermoso.”
“Muere joven y tendrás un cadáver hermoso.”
“Muere joven y tendrás un cadáver hermoso.”
(Sudorosa acurruca a Paolo). Y eso me lo deberás a mí. ¡Que hermoso estás! Y te portaste, ya lo creo que te portaste: aullé, gemí y me retorcí como una contorsionista. Y todo por quince mil. ¿O no? Veinte, fueron veinte, porque metiste algunos extras.
PAOLO: (Jadeando). Sé buena y abre la ventana.
JULIETA: (Dulce)... ¡Pero vendrá el relente!
PAOLO: Me falta el aire.
JULIETA Yo te haré un boca a boca.
PAOLO: Julieta... ¡por favor!
JULIETA: (Condescendiente). ¡Me ha llegado al alma ese Julieta! Lo pronuncias tan maravillosamente bien... ¡Hazlo otra vez!
PAOLO: (Furioso) ¡Y una mierda!
JULIETA: ¡Pues a joderse y sobre todo a asfixiarse! (Enternecida)... ¡Dilo, dilo!
PAOLO: (Intenta una voz entre pasión y amor). ¡Julieta! ¡Julieta!
JULIETA: (Con un grito que le llega del alma). ¡Ahhhhh! (Jadeando). ¡Uhm!, ¡uhm! ¡Qué placer! Pero no puedo abrir la ventana.
Paolo: ¿Qué?
Julieta: Lo entenderás en cuanto te lo explique. El amor de uno de los dos podría echar a volar y no regresar jamás. No es la primera vez que una puta ventana se cargó a una pareja.
Paolo: ¡Tú y yo no somos pareja!
Julieta: ¡Que te crees tú eso! (Loca) ¡No lo ves! Sin abrirte la ventana y ya te estás yendo.
Paolo: ¡Estás jugando!, ¿verdad?
Julieta: A tenerte.
Paolo: Vuelven las arcadas.
Julieta: Las mías con las tuyas. (Con los dedos se provoca el vómito). Yo lo echaré por ti.
Paolo: (Desfalleciendo) ¡Huele tanto a gas!
Julieta: Y desapareció toda noción de tiempo como por ensalmo: mañanas, tardes y noches, frío o calor. Nada existía que no fuera un miércoles a partir de las seis. Giraba el sofá hacia la puerta. Y a las cuatro ya me sentaba yo a esperarte. Podría decirte, uno por uno, todos los raspones y arazaños que tiene la madera. ¡Mira que me gustaba el completo! Pero la zozobra y los nervios de las cinco. (Imita una campanada del reloj). Las cinco y media, (Repite), seis menos cuarto, menos diez, menos cinco... y (Hace el sonido del timbre) ring, ring, ring, no los cambio por nada del mundo. ¡Me sentía tan viva, tan dichosa! (Lo mira decepcionada). Pero tú, a lo tuyo. ¡Cuantas veces, mientras yo me vaciaba, encontré tus ojos puestos en el reloj! Siempre con prisas. El día no tenía bastantes horas para joder a tantas clientas... Lo más humillante era sacar el dinero, pero también es cierto, que fue un detalle, el que empezaras a usar la maquinita para la tarjeta. ¡Desde luego no tan descarado y tan sucio como contar los billetes! Y te ibas. Y yo me quedaba mustia, sola, sin ganas ni motivos para nada. Bueno sí, para esperar el próximo miércoles, a las seis. Y me enamoré, y empezé a ignorar la tarjeta. Tú ibas, porque yo estaba allí. Ni por interés ni por dinero. La voluntad y el amor pudo más que todo. (Suplicante). No me digas que no, yo escuché perfectamente entre jadeo y jadeo como me suplicabas. “Si me dejas me mato; no puedo vivir sin ti Julieta”. (Alucinada). Y en una mamada fue la apoteosis final. “¿Quieres casarte conmigo?”. (Arrodillada ante él). Dime que lo dijiste. ¡Dilo, cabrón!
Paolo: (En una vuelta de consciencia). ¡Vámonos!
Julieta: ¡A la iglesia!
Paolo: No, a buscar el aire de las montañas.
Julieta: ¡Pronto!
Paolo: Podríamos trepar por una colina.
Julieta: ¿Y qué haríamos en una colina?
Paolo: (Agonizante). ¡Serpentear... fresca... verde...!
Julieta: ¡Tú y yo!
Paolo: ¡Sí! Pero tendrás que sacarme de aquí.
Julieta: ¡Por qué no lo has dicho antes? ¡Me quieres!
Paolo: ¿Lo has dudado?
Julieta: (Rebosante de felicidad). ¿Serás sólo mío?
Paolo: Para siempre.
Julieta: (Loca). ¡Fuera bruma! ¡Te abriré la ventana y nunca más se volverá a cerrar!
Paolo: ¡Te quiero, Encarna! (Como un mazazo el nombre equivocado cae sobre la cabeza de Julieta. Se para en seco y todo el odio del mundo se posa en su rostro). ¡Hijo de puta! ¡Chulo, cabrón! ¡Quieres volar libre y ni siquieras sabes mi nombre!
Paolo: (Asustado). ¡Es el gas, que me tiene aturdido!
JULIETA: (Coge la agenda de Paolo y la estrella contra la pared). Es esta puta agenda, repleta de putas que pagan tus servicios. ¡Pero yo no soy una de ellas! ¿Niegas tu amor para hacerme sufrir? Ya queda poco. ¿Para qué me diste ilusiones? Hasta a los adoquines les conté lo de mi novio: tu pasión, tu temeroso amor de perderme. ¿Para qué me hiciste ver el ventanuco como si fuera un mirador?
Paolo: ¡Yo no tengo nada que ver con tus delirios!
Julieta: (Ida). ¡Eso! ¡Échame la culpa, que para algo soy mujer!
Paolo: ¡No quiero saber nada más de tu historia!
Julieta: ¿Porque es triste? A mí la tristeza me pone muy contenta.
Paolo: (Al límite de sus fuerzas). ¡Basta ya!
Julieta: ¿No te das cuenta, que lo importante es que estamos juntos?
Paolo: ¿Estamos?
Julieta: ¡Tú y yo! ¡Y la colina que nos aguarda! ¡Allí no habrá agenda, ni Visa, y sobre todo cuernos!
Paolo: (Estertores). ¡Me muero!
Julieta: (Fría). Es lo único sensato que te he oído en toda la tarde.
Paolo: ¡Puta!
Julieta: ¡Para una vez que bebes ron, llevaba gotas de morfidal! ¡Mala suerte! (Vomitando). Yo también me encuentro estupendamente mal. ¡Espera! (Sube la salida del gas). ¡Ahora!
Paolo: (Lívido). ¡No!
Julieta: Dame la mano. ¡Como el otro Romeo se la dio a su Julieta!
Paolo: ¡No!
Julieta: (Entrelaza su mano con determinación). Ya no habrá que esperar los miércoles.
Paolo: ¡Todavía estamos a tiempo!
Julieta: ¿De vivir?
Paolo: ¡Sí!
Julieta: Sobre todo, tú. Yo de morir. Calla y mírame.
Paolo: ¡El gas!
Julieta: ¡Chisss! ¡Son pedos de amor!
(subir)
PILAR GALÁN
Variaciones sobre un único cuento
Con su amor vestida salió a la calle. Abril vertía polen de oro sobre el umbral de la puerta, olía el pueblo a primavera.
Cerró los ojos para darse ánimos. Se dejó acariciar por la mañana. El aire anunciaba promesas de granados en flor.
Se sintió hermosa, así vestida. Se había peinado con cuidado, sin raya, como a él le gustaba. Se había lavado la cabeza con agua fría, en el patio, como cuando era niña. Había jugado a eso, a ser niña, a verano de la infancia. Llenó el barreño con agua helada, bajo la higuera. Al sol temprano peinó sus rizos, con la toca blanca sobre los hombros.
Se cantó bajito, como lo hacía su madre cuando le trenzaba el pelo, canciones de amor, de desamor, de malcasadas. A él no le gustaban las trenzas ni el pelo recogido. A él le gustaba la melena cayendo en cascada sobre los hombros, muy brillante, los rizos negros para dejar resbalar los dedos.
Se pintó despacio, sin prisa alguna, con cuidado. Otras veces se había pintado así para él; ahora, para el pueblo entero. El espejo del patio le devolvía reflejos de luz y sombras verdes.
Se vio guapa. No tan guapa como antes, no tan joven. Dos hijos estropean mucho, decía la gente, decía su suegra, envidiosa de siempre, rencorosa de su cintura. Se lo decía él, sin dulzura alguna, con su vozarrón de hombre. La miraba de arriba abajo y ella temblaba al no descubrir en sus ojos el deseo instantáneo. A veces temblaba también al descubrirlo. Nunca sabes lo que quieres, le gritaba él. Ella cerraba los ojos para no presentir. Tenía razón, como siempre. Exactamente igual que siempre.
Alejó con un gesto los malos pensamientos. Fuera dolor, fuera frío. Empezaba ya de una vez la estación de las flores, su piel renacía dispuesta a las caricias.
Entró en la casa. Delante del armario de la habitación se probó el traje nuevo. Era ligero, suave, caía sobre su cuerpo como una lluvia de plata.
Se lo había regalado él. A veces tenía estos detalles. Lo había cosido a escondidas para ella, de madrugada, en el taller. Ni siquiera le había tomado medidas. Tengo tan conocido tu cuerpo que no hace falta saber de centímetros. Ella se había estremecido.
Esa noche se abrazaron como antes. Le dijo cosas que tenía guardadas hacía siglos, dobló su cintura para él, le rodeó con sus piernas, dejó que se enfadara. Porque tenía razón, como siempre. Y le echaba en cara sus celos y su ira, sus preguntas, su llanto. ¿Ves ahora por qué volvía tarde a casa por las noches?, ¿ves ahora por qué me encargaban menos trajes? Estaba obsesionado con el tuyo, se me olvidaba la hora en el taller. ¿Ves ahora por qué gastaba tanto dinero? Esto de aquí es hilo de plata, los botones son de nácar, la tela la encargué en Madrid.
Ella bajaba la cabeza, avergonzada. El vestido brillaba en mitad de la noche. Así se lo había dicho él y así tenía que creerlo. Tenía razón, como siempre. Después de tantos meses enfadados, ahora tenía que disculparse. Era por ella. Todo era por ella. La vuelta a casa de madrugada, el aliento oliendo a alcohol, el dinero que gastaba a manos llenas.
Hubiera preferido un coche nuevo para llevar a los niños al colegio, o ropa para ellos, o arreglar el cuarto de baño y sacarlo del patio. Pero no podía rechazar un regalo así, hecho con tanto amor.
Se perfumó ligeramente. No quería competir con el perfume dulzón de la calle. Eligió los tacones más altos, el bolso más elegante, las medias mejores.
Antes de cerrar la puerta, se miró por enésima vez al espejo. Pasó la lengua por sus labios y se retocó el carmín.
Con su amor vestida, salió por fin a la calle. Ligera como una niña a punto de empezar el verano, leve como una caricia furtiva.
La luz del sol arrancaba destellos a su pelo, la mañana brillaba en sus ojos.
Avanzó sin miedo, sin querer mirar su imagen en los escaparates, tan segura estaba de ir hermosa. Irguió los hombros con orgullo, porque con su amor había hecho un traje de hilos de plata, de botones nacarados, de tela traída de Madrid.
Las primeras risas no parecieron afectarle. Aún no había notado que la gente se daba la vuelta a su paso o quizás pensó que era la envidia. No quería contemplar su reflejo en ningún cristal.
Se extrañó cuando los niños empezaron a seguirla. Pero cerró los oídos a cualquier comentario grosero.
El dueño de la panadería se puso a su lado y le echó la chaqueta por encima. Ella pensó que no quería estropear su traje. Se dejó conducir hasta la tienda. La gente se arremolinaba en el escaparate. El dueño bajó las persianas, siempre sin mirarla.
La policía fue muy amable con ella. La acompañaron al hospital, con la chaqueta aún por encima. No entendía nada. Intentó explicarles, pero no quisieron escucharla. La miraban raro, con ojos de pena. Le hicieron muchas preguntas. Le pasaron la mano por la cara. La mujer policía la acompañó al servicio e hizo inventario de los golpes en su cuerpo.
Luego llegó el médico. Le quitaron los tacones, las medias, el bolso, la chaqueta. Ella preguntó si pensaban dejarle el traje puesto. Se estropearía en la camilla. Ellos se miraron entre sí. No hicieron nada.
Alguien le puso una inyección. Entre la niebla oyó aún que preguntaban por su marido. Habrá que ir a detenerle, dijo uno de ellos.
Intentó mantenerse despierta, pero no pudo. Justo antes de dormirse, pensó que si se quedaba muy quieta no arrugaría el traje. Total, era tan ligero...
Pensó también que si se despertaba pronto le daría tiempo a llegar para hacer la cena. Él se enfadaba tanto si no encontraba la mesa puesta a cualquier hora. Él se enfadaba tanto por tantas cosas ... Casi mejor no le contaba nada.
Con su amor vestida había salido a la calle. Confiando en su amor, en el hilo de plata, los botones nacarados y la tela traída de Madrid. Ella no tenía la culpa de que los demás no supieran verlo. Pero él le echaría la culpa, se pondría furioso y destrozaría el traje.
Y ella tendría que callarse, aguantar las lágrimas y cerrar los ojos.
Aunque él no tuviera razón. Como siempre.
(subir)
Yo no hubiera querido nunca que pasara esto. Menuda vergüenza, qué dirán ahora todos. Sobre todo Felisa. La estoy viendo. No va a querer seguir con lo nuestro, y todo por una tontería, por los prontos que tiene uno.
Si es que estoy que no vivo con lo de la boda, venga boda para arriba, venga boda para abajo, elegir el menú, el traje, las invitaciones, menudo rollo. Uno no puede tener la cabeza en todo, creo yo. Las prisas nunca han sido buenas consejeras, lo decía mi madre, que en paz descanse. Si hubiera vivido, esto no habría pasado, se lo digo yo. Mira que acordarme la tarde antes de lo de los anillos. Me dice Elena -¿Has recogido los anillos? y yo que me pongo blanco, primero, luego de todos los colores. Ya se te ha olvidado, eres un desastre.
-Que no mujer, intento disimular, que no, y trago saliva para no morirme atragantado.
Con una excusa cualquiera, salgo escopeteado de la obra. Casi me caigo del andamio. Cojo el 43, luego el 52, el tráfico imposible, un atasco en la Castellana como quiera. Cinco minutos antes de las ocho gano la final de los doscientos metros lisos. A las ocho en punto, estoy pulsando el timbre de la joyería. La dueña me mira de arriba abajo. Es verdad que voy despeinado por la carrera, sudoroso, que vengo aún con el mono de la obra, que debo de tener cara de loco. Me dice que no con el dedo. Me caso mañana, le grito, por favor, tiene usted los anillos dentro. Hace como si no me oyera y se da la vuelta para atender a una señora gorda a la que se le ha atascado una cadena en el cuello.
Aporreo la puerta. Dejo mi dedo pegado al timbre.
La dueña me mira con cara de susto, pero no abre.
Cojo un adoquín y rompo el cristal. Apenas consigo hacerme entender entre el ruido de la alarma, las voces de la señora gorda y los gritos de la dueña, pobre, empeñada en cargarme con todo tipo de joyas. Intento explicarle que no soy un ladrón, que sólo quiero mis dos anillos, que me caso mañana. No hay forma. Por fin, me los saca de detrás del mostrador.
Pago a pesar de las protestas de la dueña. Pero cuando me estoy dando la vuelta más contento que un ocho, la policía irrumpe en el local.
No hay forma de conseguir que me escuchen. Intentar explicarse con tres pistolas apuntándote a la cabeza es más difícil de lo que parece. Ya estoy viendo la cara que se le va a poner a mi jefe cuando me vea en el telediario de la noche. Seguro que me despide y ya la tenemos liada.
A todo esto la señora gorda dice que soy un drogadicto y que es una vergüenza que gente como yo ande suelta. La dueña asiente. Las dos dicen que las amenacé con un adoquín. Yo intento explicar que no quise soltarlo para no ensuciar el suelo. Que mi madre, que en paz descanse, me ha educado muy bien para estos casos.
Me encuentran encima la navaja de la fruta.
Cualquiera le explica ahora a mi novia que a lo mejor la boda no puede ser mañana.
Malditas prisas.
(subir)
CARLOS LENCERO
El Rey Olaf La verdad es como una trilladora.
Los espíritus débiles deben apartarse de ella.
H. Melville, en El Timador.
A BOB GORDONS le gustaba contar cuentos. Era lo que más le gustaba. Lo único que le gustaba de verdad.
Sentado en una de las mesas del fondo de La Taberna Dorada, Bob Gordons bebía whisky con agua y contaba cuentos. Un cuento, un whisky. Otro whisky, otro cuento. Y había días en que contaba veinte o veinticinco de aquellos cuentos cojonudos. Los whiskys los pagábamos nosotros, los parroquianos de La Taberna Dorada, auténticos adictos a los cuentos de Bob.
Llegabas a la taberna, veías su vaso vacío, mandabas recargarlo, te sentabas a su vera, entornabas los ojos, y te largabas a otro mundo. Era como un pinchazo bueno en una vena estupenda. Inmediato y directo al corazón. Al cerebro.
A veces, tres o cuatro vasos de whisky llenos, en fila frente a Bob, hacían que el pinchazo, el cuento, te saliera gratis. Pero uno tenía sus cuentos preferidos, y Bob conocía perfectamente los gustos de cada uno, y esos cuentos los reservaba para ti, para tu whisky, para tu dinero, para tu necesidad y tu adicción.
Por ejemplo, el mío, durante muchos años, fue éste, ... el del Rey Olaf. Llegaba, encargaba un par de copas, una para mí y otra para Bob, me sentaba a su lado, en la penumbra, y...
El rey Olaf, dormido, soñó un caballo.
Era un caballo pequeño, pero hermosísimo, y estaba parado en medio de un desolado paraje en cuyo extremo más septentrional, amparado tras una esquelética empalizada de cañas, crecía un minúsculo pero húmedo y florecido jardín.
Las amapolas, apretujadas, formaban un brillante zócalo de fuego a todo su alrededor. Tras ellas, apoyándose en las cañas, asomaban, espléndidas, las más sugestivas rosas, las amarillas peonias de gargantas carnosas y profundas, y los más perfumados nardos, semejantes a varas de marfil hincadas en la negra tierra.
El caballo, majestuoso, atravesó el árido desierto y, al llegar frente a la empalizada, encogiendo sus poderosos músculos, la saltó, indiferente.
Entonces fue cuando pudo ver Olaf la pequeña fuente que manaba de la roca.
De una roca raquítica y pardusca manaba un lánguido chorro de agua verdosa que un pequeño infante, esculpido en refulgente mármol, veía derramarse sobre el plato dorado que sostenía entre sus manos.
El rey Olaf, dormido, se dio cuenta de que él era aquel niño.
El caballo, lentamente, hundió sus negros labios en el agua, y el niño de la estatua sintió su aliento, caliente y oloroso, muy cerca de su cara blanca y fría.
Después el caballo le habló en la amoratada anochecida y le dijo...
Tú serás el rey Olaf
que reinará poderoso durante muchos años
y morirá junto a un caballo.
¡Fíjate bien, rey Olaf,...
un caballo exactamente igual a mí!...
Dicho esto, y como respondiendo a una lejana llamada, el animal corrió ciego hacia la pradera desierta y en su fondo sin color desapareció.
El rey Olaf despertó aterrorizado por su sueño.
El animal, en su veloz carrera, sólo le había dejado en el extremo de sus ojos, sobre el agua verdosa que sostenía en el plato dorado, un fugaz reflejo y una forma inconclusa e irrecuperable.
Entonces el miedo se apoderó de él.
Yo Olaf el rey ordeno y proclamo que sean sacrificados de inmediato todos los caballos de este mi reino así como las yeguas de vientre y los animales pequeños sin exclusión. Igualmente ordeno sean destruidos en el acto todos los emblemas imágenes y figuraciones de cualquier material y magnitud que representen al caballo.
Yo Olaf el rey os prohibo pensar o soñar caballos.
A los que desobedezcan mis ordenes les destino la muerte. Olaf se hizo viejo en un país sin caballos.
Las fronteras de su reino se vieron expoliadas por las bandas de jinetes vecinos, y el comercio del país se fue, lentamente, desarticulando, pues los ricos comerciantes que lo frecuentaban no se mostraron dispuestos para atravesarlo a pie.
Los grandes circos que rodeaban a la capital, en los que habían corrido los más rápidos corceles de la tierra, se mostraban, ahora, vacíos y destartalados, convertidos en cuevas de mendigos y prostitutas malolientes.
Olaf, al envejecer, se iba sintiendo más y más poseído de su sueño. Todas las medidas de seguridad se le antojaban insuficientes. Cientos de esbirros a sus órdenes, camuflados entre todas las clases sociales, vigilaban el estrecho cumplimientos de sus leyes. A diario se sucedían las ejecuciones y los embargos.
Olaf, en la cima de la locura, mandó venir desde Creta a un sabio fundidor, y le encargó la construcción de una pequeña casa de hierro que él mismo había diseñado. Le servían la comida en platos de hierro, y las copas en las que bebía también eran de hierro.
Al menor indicio de hostilidad que detectaban las largas filas de oráculos que poblaban las escalinatas del palacio, Olaf corría a encerrarse en su pequeña casa arrastrando su pesada vara de oro macizo.
Allí, solo, aislado del mundo, lloraba de miedo.
Una amanecida del mes de septiembre, después de una terrible tormenta, comenzó a formarse sobre la vasta pradera que rodeaba al palacio una inmensa nube cuya forma arbitraria fue, poco a poco, perfilándose semejante en algo a la de un caballo.
Olaf, avisado, desde su habitación de hierro, con el antifaz de hierro que últimamente se había hecho construir, dirigió el plan de ataque.
Columnas de esclavos atravesaban el país y se dirigían, apresuradas, hacia la pradera real. Una vez allí, con gigantes abanicos de palma, batían el aire caluroso intentando espantar al animal. Talaron bosques enteros e hicieron grandes hogueras de madera mojada, cuyo humo negro y asfixiante, pensaron, lo haría retroceder.
Vencida ya la tarde, cuando todos los esfuerzos habían resultado inútiles y los hombres, destrozados por el cansancio, dejaban ya de obedecer al látigo y a las patadas, se levantó desde el cercano mar un suave viento de poniente que se llevó al caballo, mecido, hacia las montañas.
Los oráculos, envueltos en sus mantos azafrán y agitando sus tupidas barbas teñidas de plata, corrieron a golpear la puerta de la casa de hierro con la señal convenida.
Nadie la abrió por dentro y nadie la pudo abrir por fuera, ...de modo que..., después de deliberar un rato, ...decidieron hacer un inmenso agujero en el patio del palacio y allí enterraron al rey Olaf, dentro de la casa de hierro de donde no podía salir.
Durante semanas corrió el rumor entre la guardia de que, a veces, en la alta madrugada, se oía lloriquear al rey Olaf, dentro de su casa enterrada, ...pero pronto todos se olvidaron de él, y eligieron por rey a un tal Odín.
(subir)
CARLOS LENCERO
Esa puta de la literatura es que quiere acabar conmigo
Subí a casa de Mabuse. A pedirle la máquina de escribir. No estaba, pero ella sí. La mujer de Mabuse. Una cosa alta y amarilla que parece que habla con un hueso de albaricoque dentro de la boca. Y habla mucho. A todas horas. Con todo lo que pilla. No es que tenga muchos temas de conversación, pero se los administra bien. Al menos eso es lo que ella piensa.
Uno: ella había tenido dos abortos. Y complicados.
Dos: Mabuse tenía una picha gigante, pero no sabía qué hacer con ella. Aquella mañana la cogió con lo segundo.
- El primer día que se la vi pensé que había ligado algo bueno. Que, por fin, había tenido un poco de suerte... ¿ Tú no se la has visto?
- Yo no voy por ahí viéndole la picha a todos los tíos que me prestan su máquina de escribir.
¡Pues se la tienes que ver! ...Aunque sólo sea por vérsela...
Bueno. Se la veré. El primer día que me lo encuentre, donde me lo encuentre, le diré... eh, tú, Mabuse, ...bájate los pantalones y enséñame ese cacharro con el que le metes miedo a las niñas...
- ¡Miedo a la que le dé miedo, eh! ...que a mí no me asusta. Yo me las he comido muy buenas, ¿sabes ?...
- ¿Te importaría dejarme la máquina?
- Hay muchos hombres en el mundo, hijo. Y todos tienen una picha.
- Y algunos, dos. Por favor, la máquina ...
- ¡Coño con la máquina!... ¡Toma la máquina! Y a ver si me dejas ver un día lo que escribes. Aunque seguro que son mierdas. Si fueran cosas buenas andarías por ahí como loco enseñándoselas a la gente. Ahora, por ejemplo,... ¿a qué tanta prisa con la máquina? ¿Se puede saber qué es lo que tienes que escribir?
- La historia de una tía que disfruta sacándole los ojos a los boquerones antes de freírlos.
Cuando tengo que pedirle la máquina a la mujer de Mabuse, siempre hago lo mismo. Dejo la máquina en casa y salgo corriendo a emborracharme.
Entré en El Flor y Nata con las piernas temblonas. Mabuse estaba allí, jugando a las maquinitas. Levantó un ojo del tablero y me saludó bajándolo otra vez.
- ¿De dónde vienes?
- De pedir tu máquina.
- Entonces tómate lo que quieras. Y cállate. Tengo encendidos todos los especiales.
- Quiero un cuba-libre.
- ¿Qué ha sido esta vez? ¿Abortos o picha gorda?
- Picha gorda.
- Qué te lo pongan sin coca-cola.
- Oye, Mabuse, ...dime... ¿cómo es tu cacharro?
- Normal.
- ¿Normal? ¿Qué coño quieres decir con normal? ¿Normal de quince centímetros? ¿Normal de treinta? ¿Normal de medio metro? ¿Qué es normal?
- Normal de quince.
- Ya. Y los abortos, ¿fueron abortos o cagadas?
- Uno aborto y otro cagada.
- ¿Y por qué no la matas?
- No tengo huevos.
- Para eso no hacen falta huevos. Es suficiente con un hacha.
- ¡Déjala en paz!, ¿quieres? Es mi mujer. Y está en mi casa. Sólo baja a la calle a comprar comida. Si no la quieres ver, cómprate una máquina de escribir. O róbala. O escribe a mano. Como Cervantes.
- ¡Muy gracioso! El primer día en que vuelvas a pedirme el coche para irte a follar con Juanita Banana, te diré que te hagas uno a mano. Como Ferrari.
- ¡Cállate ya!... Se me han apagado los especiales.
Volví a mi hogar. Al entrar, le pegué una patada a la máquina de escribir. Me fui a la cama blasfemando a la pata coja. Cuando logré quitarme los calcetines casi me echo a llorar. Todo estaba normal. Menos el dedo pequeño del pie izquierdo, que estaba más grande que el dedo grande y todo a franjas negras y moradas.
Estuve como media hora mirándolo y mordiéndome una mano. Luego apagué la luz y elaboré mi frase de todas las noches...
-Esta puta de la literatura es que quiere acabar conmigo.
(subir)
ELÍAS MORO CUÉLLAR
¡Menudo marrón!
-Ya te digo que era muy raro, aunque qué te voy a contar a ti. Supongo que aún debes estar preguntándote qué coño hacemos aquí dos tipos como nosotros; un charcutero y un albañil. Un día me llamó a su casa para una reforma que quería realizar. No es porque yo lo diga, pero en lo mío soy de lo mejorcito que te puedas encontrar. Toma, mi tarjeta. Por si acaso. Después de hacerme ir varias veces a tomar medidas y a ver materiales, no nos pusimos de acuerdo en el presupuesto. Al final le pareció caro -todo le parecía caro al muy rata- y yo, que dicho sea de paso, tengo un corazón que no me cabe en el pecho, se lo rebajé en lo que pude. Pero que si quieres arroz. Si me lo has rebajado una vez, es que todavía me sigues robando, pillastre. Te juro por mi madre que me dijo pillastre, que cuando le oí me entraron unas ganas de darle dos hostias... Aparte de que estaba un poco majara, su tacañería -de la que debes tener pruebas palpables, seguro que te ha dejado algún pufo- era legendaria y yo defiendo lo mío como el que más. Pero nunca he olvidado aquellas visitas. Te cuento.
En un lugar preferente del salón tenía enmarcado un fragmento -sólo me gusta este trozo, decía- de un cuadro de un tal Magritte -un maricón, pensé yo, con ese nombre- en el que se ve a un tío con alas todo vestido de negro y acodado en el pretil de un puente. A su espalda y a sus pies, un león que acojona un poco observa fijamente algo que desconocemos y cuya sola presencia impide -a ver quién es el guapo- cualquier acercamiento a la figura del hombre, que tampoco sabemos qué puñetas está mirando. Todo ello tamizado por una neblina anaranjada que igual puede sugerir el amanecer o su contrario. ¡Ah, y una farola un poco cursi! Rarito el cuadro también.
Él siempre pensó que ese cuadro lo acompañaría hasta el final, sería lo último de que se desprendiera, era su bien más preciado. Decía que era el retrato de su alma. Bien es verdad que él no tenía alas, pero éstas podían pasar por una metáfora del sueño histórico de los hombres, todos llevamos alas en la mente, me explicó muy serio mientras me lo enseñaba. Que a saber qué cojones querría decir con eso. Tampoco, en ese espacio atestado de libros y trastos viejos -daban ganas de meterle cerilla y hacer una reforma integral-, con polilla en las paredes y un olor a sopa de sobre y latas de conserva que tiraba para atrás, hubiera cabido un león, pero sí había sitio para un perrillo callejero, de raza indeterminada, un hijo de mil padres, el cabrón éste, le gustaba decir mientras le largaba un puntapié, que atendía por “Torpe”. El perrillo se defendía enseñando los dientes y tirándole mordiscos a los tobillos con mala leche, no te creas que se acobardaba, los tenía bien puestos el enano. Le había enseñado a mear a distancia alzando las patas delanteras y a acertar con la micción en un a modo de embudo que se había fabricado cortándole el culo a una botella de plástico y que daba a una damajuana encontrada en la basura. Mezclada la orina con agua del grifo, posos de café, ceniza de puros, peladuras varias pasadas por la turmix y otras guarrerías, el producto resultante -una especie de lluvia ácida concentrada que olía a rayos- era usado como fertilizante para las plantas con un resultado penoso; flores recién plantadas, lozanas como novicias, se marchitaban sin remedio después de ser rociadas con el mejunje. Hasta los cactus -y mira que son duros los puñeteros- palmaban. En mi primera visita, y contra toda costumbre, me regaló una botellita del invento -es cojonudo para los geranios- que, sintiéndolo mucho por las ratas, tiré a un desagüe en cuanto salí. Si me presento con eso en casa y le toco las plantas, mi mujer me mata. Menuda es para sus macetas. Más que a mí las quiere. Y quería patentarlo, el tío. De oro me hago, de oro me hago, repetía.
-A mí ya no me extraña nada-, le cortó de sopetón el charcutero. Conocía de oídas la labia del albañil y sabía que si se le calentaba la lengua podía estar dándole la tabarra ni se sabe. Sólo quiero largarme de aquí cuanto antes, que tengo que abrir la tienda. Así que a ver si acabamos cuanto antes con el rollo que esta historia ya me está costando la pasta. Aparte, claro, los sesenta papeles que me dejó a deber cuando cascó. Sesenta papeles como sesenta soles, como lo oyes. Y no te creas que se los gastó en jamón de pata negra o lomo embuchado. De cien en cien gramos de mortadela, o salchichón, un quesito blanco de cuando en cuando, jamón York en ocasiones especiales. Con mariconadas así me iba vendiendo la moto. Cachito a cachito. Y yo fiándole como un pardillo, me cago en mi estampa. A saber en qué marrón nos metemos ahora por culpa de ese chalado. Capaz es el abogado este de cobrarnos el entierro. O algo peor. Joder que si era raro. A mí me han contado sus vecinos que siempre salía de casa con un paraguas asqueroso -de un negro desvaído y con un par de varillas rotas- que abría nada más atravesar el umbral de la puerta, lo mismo en julio que en enero, lloviese o no, fuera con traje o con chandal. Daba un poco de grima verlo bajar las escaleras con el paraguas abierto, jodiendo vivo al personal y no disculpándose nunca. Una vez en la calle, escupía hacia arriba por ver de adivinar la dirección del viento y no era raro que en días calmos el escupitajo le adornara la vestimenta. Eso sí; si soplaba del este, él al oeste. Si del sur, pues él al norte. Siempre a favor. Para ahorrar energía, decía el muy jodío. ¿Y la gorra? Vaya mierda de gorra. Más fea que Picio, llena de lamparones y más antigua que el cagar sentado. Yo creo que no se la quitaba nunca. Es mi seguro de vida, contestaba, cuando le decíamos que ya era hora de comprarse otra. Esta alopecia que padezco desde joven es un peligro latente. Porque habrá de saber, amigo Juan, que la muerte siempre llama primero en la cabeza. Ésta, y no otra, es la razón de mi querencia por este clásico tocado. No te amuela con el redicho. Parecía un filósofo dando lecciones. Qué iba a saber yo. Yo vendo chorizos, menudillos, producto de matanza y género similar y así voy tirando y no me meto en camisa de once varas. Una gorra es una gorra, él era un calvo del copón y la muerte nunca avisa. Eso es lo que yo entiendo, cosas simples y claras.
-¿Sabías que era masón?, terció el albañil. ¿Y eso que es?, dijo el otro. No sé, una gente singular, pero algo tocada de la cabeza, como de una secta o algo así. Me lo dijo él mismo cuando le pregunté por una especie de mandil como de panadero que llevaba puesto siempre en casa, con unos dibujos extraños y unas herramientas pintadas. Y que si era Gran Maestre -como un jefazo, vamos- del Oriente Occidental y que si tenía un nombre en clave que, al ser secreto, pues que no me lo podía decir. Esta es una conversación entre caballeros y espero que no salga de estas cuatro paredes. Confío en su palabra de gentilhombre. Pues muy bien. Tres cojones que me importaban a mí el Oriente Occidental, el mandil de panadero, su nombre secreto y el gentilhombre ese. Además, que no sé a qué venía tanta milonga cuando todo el mundo sabía que la única asociación que se atrevió a acogerlo en su seno contaba entre sus actividades más arriesgadas el mus, el ajedrez y la petanca. Para aventureros y espías, no te jode el Indiana Jones. Y encima, que luego me enteré de que lo echaron cuando se descubrió que movía las piezas del contrario en cuanto éste se descuidaba o buscaba carne con la bola de hierro cuando perdía a esa gilipollez de viejos. Gabacho tenía que ser la mierda de jueguecito.
-Y que no se llamaba como se llamaba, dijo el charcutero, casi con saña. Toda la puta vida llamándole don Jacinto -porque esa es otra, había que tratar al señor de don- y al final va y resulta que se llamaba Manolo. No Arturo, ni Adolfo, ni Roberto, ni siquiera, ya ves, Jacinto. Manolo, tío, Manolo, que no hago más que repetírmelo para ver si me lo creo. El muy mamón, hasta última hora nos la metió doblada.
¿Qué me dices?, alucinaba el albañil. Pero si a mí me dio una tarjeta donde ponía Jacinto Cortés y López de Mendoza y Coca. Y que era de Sevilla y descendiente de indianos y hasta un pergamino me enseñó con su escudo de armas. Oye, por cierto, preguntó con cierto mosqueo el del yeso. ¿Y tú cómo lo sabes?
-Porque cuando la palmó y subí a ver el cadáver, antes de que llegara la poli le eché mano a la cartera para ver de cobrarme lo mío y le miré el carné. Manuel Rodríguez...
-“Manolete”, exclamó a bote pronto y sin poder contenerse el albañil.
-...Romero, continuó el charcutero haciendo caso omiso a la interrupción. Hijo de Amalia y Rafael, Estado Civil, soltero, Natural de Valderrobres, Provincia de Teruel.
-¡Coño, mañico! continuó bromeando el paleta. Y decía que era de Triana.
-Sí, cortó serio el de la chacina, a mí también me dio la tarjeta. No había ni un duro. Sólo el carné, un calendario guarro -con tías en bolas, quiero decir- y las putas tarjetas. Muchas. Las haría para engatusar a los pardillos como nosotros y darse pisto con las tías con el rollo aristócrata de los apellidos, porque si no, con la pinta que tenía, no pillaría cacho ni de coña. La madre que lo parió.
-Y mira que morirse así, viendo la tele, cambió de tercio el otro.
-Y más solo que la una. La verdad es que no somos nada, remató el charcutero, filosofando a su pesar.
Un silencio espeso se abatió sobre la antesala del despacho después de estas palabras. La secretaria, en la otra punta de la sala, estaba a lo suyo y desde que entraron y les ordenó que se sentaran no les había prestado la menor atención.
-Oye tú, dijo al rato uno de ellos. Me estoy preguntando yo ahora a mí mismo a cuento de qué nos habrá nombrado albaceas precisamente a nosotros dos, que ni siquiera éramos amigos suyos. ¿A que nos la juega el muy cabrón después de muerto? A mí esto me huele a chamusquina. ¿Y si nos largamos? Porque no sé tú, pero yo estoy viendo que nos vamos a comer un marrón como la catedral de Burgos.
-Venga, arreando, aprobó el otro. No se hable más. Para luego es tarde.
Y se fueron cagando leches. Ni se despidieron de la secretaria que, por otra parte, siguió sin hacerles ni puto caso.
(subir)
JUSTO VILA
La puerta del Paraíso
Estoy en el agua. Las horas no pasan. La noche es ancha, desmesurada, inabarcable. Alá quiera que rompa pronto el día. Entonces, con un poco de suerte, tal vez pueda avistar la costa. No debe de estar muy lejos.
Ahora no puedo hacer nada. Sólo esperar. Aguantar. Mirar dentro de mí. Imaginar que sueño. Soy un pájaro. Sólo tengo que abrir las alas y levantar el vuelo. Sí, esto tendría que ser una ilusión, una fábula, una página de las Mil y una noches. Entonces, el mundo, que ha desaparecido, crecería bajo mis pies en una explosión de color. Pero esto no es una alucinación. De repente, el cielo también ha huido. Así que ahora sólo estamos el abismo y yo. Menos mal que el viento se ha cansado. Ya no hay olas como las que le dieron la vuelta a la barca a eso de la medianoche. No hay olas, pero todo sigue siendo negro.
No debo moverme. Si intento llegar a tierra nadando, seguro que me ahogo. No sabría hacia dónde nadar. Con un poquito de suerte, puede que la tabla a la que me agarro aguante hasta que alguien me encuentre. De cualquier forma hay algo muy claro: si está de Alá, me ahogaré, pero si Alá quiere volveré a nacer al otro lado del Estrecho.
Alá es grande.
Tengo tanto frío que no soy capaz ni de moverme. Pero lo peor es el sueño. Si me duermo, estoy perdido.
Hasta hace poco yo no deseaba otra vida que la de mis antepasados. Las montañas eran el mundo. Todo el mundo. Allí nacieron mis padres. Y los padres de mis padres. Así fue siempre, generación tras generación, desde que la sangre del Profeta iluminó el Rif.
Pero ahora sé que hay otro mundo más allá del mar. Europa se me ha agarrado al corazón como un sueño.
Otros lo intentaron antes que yo. Bajaron a puñados de las tierras altas para beberse el mar y fue el mar el que se los bebió a ellos.
Uno de los pocos que consiguió pisar el paraíso fue mi primo Abdel Hakim Yamani. Al leer las cartas de mi primo, a mis hermanos y a mí se nos encendió la fantasía. Y el hambre. El hambre puede dormitar durante siglos dentro de un clan. Te acostumbras y, como no conoces otra cosa, aceptas tranquilamente que no puede ser de otra forma. Hasta que hace tres años empezaron a llegar las nuevas de Abdel y con ellas la fiebre de Europa.
Antes que yo lo intentó mi hermano Abu Yacub. No pudo ser. El mar se lo tragó. Así que el año pasado pensé: «Hamed, ahora te toca a ti».
Llegué a Tánger al final del verano. En la plaza de la estación había otro hombre con un bulto a la espalda, mirando con desconfianza a todos lados. Lo seguí y pronto se acercó alguien que, sin mediar palabra, nos ofreció brûler el Estrecho. Cerramos el trato en un café (no me acuerdo del nombre). Se quedó con los diez mil dirham que había conseguido reunir con ayuda de mi familia.
Salimos de Kasar-Es-Seguer al caer el sol. El mar estaba muy tranquilo. Éramos veintitrés hombres y una mujer, todos del interior, la mayoría jóvenes. La barca apenas medía cuatro metros de largo por dos de ancho, así que tuvimos que dejar en la playa nuestras cosas.
Por quemar el Estrecho entregamos a Alí, el barquero cuanto teníamos. Pero Alí nos dejó tirados en Tetuán después de darnos una vuelta por el mar. «Estamos en España», dijo el muy perro cuando desembarcamos. Alá lo confunda. Eso no se le hace a un hermano.
Ayer, lunes, llegué por segunda vez a Tánger para intentarlo de nuevo. (He vendido la casa. No me queda nada. Sólo Alá. Mi mujer y mi hijo estarán bien en lo de mí padre.) Embarcamos treinta y cinco hombres. El patrón dijo al salir de Kasar-Es-Seguer que no nos moviéramos lo más mínimo. «Tienen que ir como clavados». Eso nos dijo. Cruzar el estrecho es fácil. Todos lo decíamos para darnos ánimo. Lo malo es que en el bote sobraban quince hombres.
Al principio, la travesía fue buena, casi aburrida. Sin embargo, a eso de la medianoche, cuando el patrón dijo que ya había pasado lo peor, se levantó viento y una ola entró en la barca. Intentamos echarla fuera con las manos. El guía dijo que no nos moviéramos, pero algo sí que había que moverse para sacar el mar de la chalana. Alguien se puso nervioso. Alguien se levantó de su asiento y la barca dio la vuelta. Eso fue lo que pasó. No me acuerdo de más. De nada. Todo negro.
Estoy en el agua. Hasta hace un rato veía parpadear un lucero entre dos nubes, pero ahora él también se ha escondido. Al principio las olas apagaban el llanto de los que se iban a ahogar; poco después llegué a distinguir hasta cuatro voces distintas. Luego, sólo dos. Ahora no oigo a nadie. Creo que todos han muerto. El patrón dijo poco antes de naufragar que la costa estaba muy cerca, así que la mayoría debió de intentar ganarla a nado. Pero muy pocos en las montañas saben nadar. Por eso se han ahogado, porque se olvidaron de que no sabían nadar. Estaría de Alá.
El agua está helada. Ya no siento los pies. Tengo calambres en las manos. Si me suelto, estoy perdido. Creo que me queda muy poca vida, pero no tengo miedo. Estoy en manos de Alá. A lo mejor el Profeta me envía al amanecer una lancha cristiana. Mejor. Entonces me obligarán a volver a Marruecos. Lo sé. Pero lo volveré a intentar. Un musulmán no tiene miedo a morir. Un musulmán tiene algo muy claro: si Alá dice que se tiene que ahogar, pues se ahogará. Pero si Alá quiere, encontrará una nueva vida en Entrerríos, el lugar del que hablaba mi primo Abdel en sus cartas.
(subir)